Sky Rojo decepciona y banaliza la prostitución

El bien y el mal representados con espíritu naif, pero rematados con aspiraciones que recuerdan a la gratuidad de la violencia de Robert Rodriguez

En una Tenerife de colores pastel en contraste con las llamativas luces de neón que alimentan de color la fotografía, nos encontramos con la primera temporada de una serie que quiere — y espera — convertirse en un fenómeno. Sky Rojo es un thriller con tintes de comedia negra y acción visceral que dan forma a una gran hipérbole emocional: la de Lali Espósito (Acusada, Floricienta), Verónica Sánchez (El embarcadero) y Yany Prado (La Reina Soy Yo), el trío protagonista femenino; y de Miguel Ángel Silvestre (Sense8), Enric Auquer (Quien a hierro mata) y Asier Etxeandia (Dolor y gloria), el lado opuesto de tríada.

El estreno de Netflix nos cuenta la historia de Coral (Verónica Sánchez), Wendy (Lali Espósito) y Gina (Yany Prado) en su afán por alcanzar la libertad. Secuestradas, maltratadas y engañadas por Romeo (Asier Etxeandia), un proxeneta con una verborrea insoportable que apenas alcanza para superar su ego, convertirán la primera temporada de Sky Rojo en un tira y afloja entre huidas y encontronazos con Moisés (Miguel Ángel Silvestre) y Christian (Enric Auquer), los matones y socios del Club Las Novias.

De primeras sorprende su duración: apenas 25 minutos por cada uno de sus ocho capítulos que coquetean con el formato sitcom. Con todos sus pros, pero también sus contras. Tenemos una serie que se digiere sola, con un ritmo frenético en el que la duración la favorece a rabiar. Pero esa limitación, sumada al desarrollo narrativo de la primera temporada, nos dejan con un sabor relativamente amargo en tanto en cuanto transmite cierta sensación de bucle. Son sus personajes los que combaten esa estanqueidad en la trama principal con la evolución de sus respectivos arcos.

En el rodaje de Sky Rojo han aprovechado para filmar dos temporadas de una sola tacada, lo que nos hace pensar en las posibilidades de calado que habría podido conseguir con una duración y un contenido más dilatado de los capítulos. Parece que la evolución natural de los formatos para televisión sigue con la misma obsesión: reducir tiempos, explotar cada minuto y no permitirse ni una sola secuencia de respiro. El ritmo, para ser considerado como tal, debe tener el pie como una losa en el acelerador. Una decisión propicia en este caso, pero que favorece una tendencia más preocupada por la adrenalina que por el contenido.

Tendremos que disfrutar de ese frenetismo desaforado en el que sus creadores hacen gala de las fórmulas que los catapultaron al éxito mundial: los flashbacks guiados por la voz en off explicativa de sus protagonistas, incidiendo en reflexiones morales y sociales ansiosos de trazar lazos con el espectador. En La Casa de Papel lo convirtieron en santo y seña, y esta no iba a ser menos con un tema principal tan delicado.

Sky Rojo

Bajo esa estructura seguiremos los pasos de la persecución entre villanos y heroínas. El Coyote y el Correcaminos, que dirían sus protagonistas.

En ese sentido, muchos encontrarán en la serie original de Netflix un baile al filo de la navaja. Entre la banalización y la crítica, ambas con matices que podrían levantar suspicacias en ciertos espectadores.

Mientras que no parece demostrar que sea esa su preocupación, sino los cimientos sobre los que construir el guion de la serie, Sky Rojo consigue transmitir una repugnante realidad que sigue llegando maquillada, inevitable para cualquier ficción, en la que arroja ciertas verdades que deberían ser obvias para todos. Obvias, sí, y demagógicas por una asimilación que en 2021 no debería tener cabida.

Con un historial en el desarrollo de personajes carismáticos para el gran público como el de Álex Pina y Ester Martínez Lobato, no podíamos no esperar que fuesen ellos quienes se llevaran todo el peso de la serie, tanto interno como externo.

Sky Rojo - Netflix

Los dos tríos protagonistas forman un casting que le va como anillo al dedo, con un grupo de mujeres que procuran que la sororidad no se quede en el papel y uno de hombres que tratan de evitar la estigmatización y la banalización de la violencia. Con más acierto en lo primero que en lo segundo, y esta ronda no la pagan ellos, el elenco artístico tiene todas las papeletas para que las hordas de fans los conviertan en sus nuevos fetiches, especialmente en el caso de la visceral Wendy de Lali Espósito, la estoica Coral de Verónica Sánchez y la inocente Gina de Yany Prado.

La estética de la serie es otro de sus grandes valores para convertirse en fenómeno. Y, por qué no, un placer adictivo. Su fotografía nos traslada a los clichés y los excesos de Las Vegas, de una suerte de Vice City para nuestros consolegas, en una Tenerife de la que es imposible no enamorarse. Aquí tira de referencias femeninas de Road Movie con guiños a Thelma y Louise junto a un despliegue de vestuarios que pivota entre el glam y el trash, entre la sofisticación y la vulgaridad. Ni que decir tiene que su póster es el summum de ese rollo neon beach que pretende transmitir:

Sky Rojo cartel

Los aciertos de la imagen se retroalimentan con una banda sonora exquisita en la que podremos escuchar desde Los Panchos a Lou Reed u Hombres G. Pero si queremos definir el estilo de la serie lo tendremos en una de sus escenas de acción bajo las siempre conmovedoras notas de La Leyenda del Tiempo de Camarón de la Isla.

La banalización de un tema tan delicado o la trivialización de la violencia son sus grandes caballos de batalla. No estaba entre sus objetivos desarrollar una serie densa. Salta a la vista. Por momentos puede convertirse en un espectáculo de fuegos artificiales alrededor del abuso y la extorsión a las mujeres, ofreciendo su cuerpo como reclamo con una lascivia que puede resultar insoportable.

Toda esa vorágine de vulgaridad se traduce en un conjunto de escenas a lo largo de la primera temporada en las que asistiremos con asco a la visibilización explícita de esta lacra. “Hay putas porque hay gente que las paga”, llegamos a escuchar en boca de uno de sus personajes. Un debate que parece sacado de la barra de un bar cuando la respuesta es que “hay putas porque hay pobreza”, arriesgándose a dignificar la trata por mucha repulsión con la que la muestre.

Sky rojo

Con todo lo dicho y el bagaje de los autores de la serie, ya sabéis lo que encontraréis en Sky Rojo: una serie con un ritmo imparable, consciente de su casi obligación de convertirse en un hit, con irrefrenables fantasías que rozan el límite de lo absurdo, incapaz de ahondar en un tema principal tan delicado, pero con la obligación de marcar ciertas líneas para evitar el escarnio con un tono en ocasiones impostado. Lanza un par de golpes, pero la duda entre desarrollar dilemas morales más complejos juega en su contra provocando vaivenes narrativos en los que parece que la trama vuelve al mismo punto.

Rocío Carrasco